Cocina de verano
Cocina de verano
Pues nada,
ya estamos en JUNIO. Entre la calor (Sí, sí. La calor) y lo que me está
costando repetir esta columna las estoy pasando canutas pero bueno… en realidad
es placer, (Señor Urtasun, ni se le ocurra quitar este trozo columnístico,
please).
Bueno, os ha
gustado el título, ¿no?.
Sí, sí. Eso
de… cocina de verano.
Si es que
mola mazo. A tope.
Gazpachos y
salmorejos, ensaladillas varias, cebollas de Fuentes más o menos verídicas,
conservas de pescado, canelones en frio, arroces multicolores en cualquier
rincón paradisíaco-playero…
Qué
maravilla el poder hablar de esa cocina de verano, pero… ¿y si hablamos de la
otra…?
Sí. De esa
que hay… digamos detrás.
Cuando
hablamos de “la cocina” como lugar, enclave, instalaciones o emplazamiento… ahí
entramos en otro tema. En este caso ya estaríamos hablando de tuberías tirando
a rebeldes, temperaturas y calores
rozando lo extrahumano, los proveedores están de vacaciones, los alimentos
perecederos, se convierten en muuuuuy perecederos, ensaladas fresquísimas que
se ponen mustias en 10 segundos y una nata montada que baja con tan solo
mirarla.
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| Sí, sí |
De cualquier
modo escogeremos la primera opción. Hablaremos sobre comida de verano. Pero no
vamos a atacar con clásicos. No. Este magazine es diferente. Me van a permitir
queridos lectores, que les hable sobre mis platos favoritos del verano. De mis
veranos.
Como
sumilleres de primera división ya hay en nuestras entregas, no me dedicaré a
maridar comida con vino. No. La vamos a maridar con ocasiones y temporadas. Con
momentos.
Al menos,
según la experiencia que este humilde cocinero ha vivido, este sería mi
maridaje perfecto para el verano.
Entrante.
Nos
trasladamos hasta mi pueblo. Breda. Comarca de La Selva. Gerona.
Nos iríamos
a un restaurante familiar. De esos de toda la vida que hay al pie de la
carretera.
En esta
masía, cuando yo era pequeño, a mi abuela se le cayó mientras comíamos un plato
al suelo. Un plato lleno de arroz con conejo. Y a la mujer no se le ocurrió
otra cosa que decirle al dueño del establecimiento cuando se le acercó: “Ay Joan… ya te pagaré el plato roto”.
Jajajaja. Jopetas, yaya… Somos catalanes pero
no tanto. Hasta el Joan se reía.
Bueno, como
os contaba. En ese restaurante mis recuerdos maridan con unas enormes cazuelas
de caracoles preparadas de cuatro maneras diferentes siempre dispuestas.
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| Breda |
Primer plato.
Otro
referente en mi verano ideal. En esta ocasión nos desplazamos hasta Évora. Sí,
sí. Al país vecino. Allí mismo en una calleja que se introduce a la derecha
desde la Plaza de Giraldo, en un restaurante pequeño. Menudo. Casi ínfimo. Allí
probé una genialidad de sopa fría confeccionada a basa de pan seco y cilantro
que se llama (o más bien llamamos) Sorda.
Segundo plato.
Tendremos
que volver a mi pueblo otra vez. Hala. A Breda. Total, sólo está a 1160 Klts de
Évora.
En esta
ocasión nos vamos (yo les invito) a casa de mi tía Asunción.
Vamos a su
casa precisamente porque yo quiero que ustedes prueben los mejores canelones
que un ser humano puede probar.
Canelones de
los que se dicen… ”a la catalana”. Vamos. Con hígado.
Cada vez que
he ido a comer a casa de mi tieta, ella me decía “Joan, ¿que quieres que te prepare para comer”? Y yo le decía… “Pero si ya lo sabes…”
Postre.
Tócate las
narices. No me gustan los postres. Pero mira… así como recuerdo veraniego… No
se me va de la cabeza una tarta de galletas “María” que me preparó mi amiga
Rosario hace ya unos años. En Zaragoza. En la Calle Sevilla para ser exactos.
Pero ojo.
Esta es alineación titular. No os penséis que el banquillo es menos. La
inmensidad de platos que me quedan en el banquillo es tan importantes y sabrosa
como estos protagonistas, pero los he recordado un segundo más tarde.
Pueden ser,
la impresionante ensaladilla rusa de mi amiga Fina en Sant Feliu de Guíxols, la
fritada (con conserva de verduras casera) de mi abuela María en el barrio de
Santa Isabel, los deliciosos filetes de solomillo empanado que siempre le he
robado a la nevera de mi madre (esa Amparo) , a altas horas… ya fríos, y por
ejemplo, unas increíbles patas con sebo que me preparó hace ya unos años mi
amiga Lourdes en Biota, aunque creo, que eso era en invierno. Vah, qué más da…



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